miércoles, 20 de junio de 2012

Escape de San Andrés Cholula


Llegamos a San Andrés Cholula cuando empezamos a vivir juntos. Rentamos una casa pequeña que compartía un jardín con otras casas similares en tamaño. San Andrés Cholula, así como las otras dos Cholulas (San Pedro, Santa Isabel) tienen el síndrome propio de los pueblos que fueron absorbidos por la ciudad de Puebla. Las calles son insuficientes para el tráfico citadino y el transporte público que conecta al municipio es escaso: uno puede estar un largo rato en la parada esperando un camión que, en el mejor de los casos, irá al 110 por ciento de su capacidad, claro, sin tomar en cuenta el periplo casi infinito por las casi infinitas colonias que se esparcen como hongos por la zona. Pero nosotros, jóvenes e inexpertos, veíamos a San Andrés Cholula como nuestra nueva utopía. ¿Cómo no dejarse llevar por la fabulación? Sólo teníamos ojos para la arcadia pueblerina: paz, aire fresco, largas excursiones para recolectar flores. San Andrés, como un pavorreal en celo, desplegaba ante nosotros sus encantos. A esto se sumaba tener a tiro de piedra a la Universidad de las Américas. Quizás podríamos andar en bicicleta en sus desbordantes jardines, beber cerveza en los bares que atestan Camino Real a Cholula, ser bohemio sin necesidad de ir a París o, más cerca, a la Condesa. Sin embargo el sueño pronto se comenzó a derrumbar. Después de comprar algunos muebles la casa pequeña se convirtió en diminuta. Pronto nos dimos cuenta que el jardín compartido era un peligro a nuestra privacidad, cualquier persona que paseara por allí podría mirar sin ninguna dificultad nuestro baño y la cocina. Optamos, como monjes benedictinos, por encerrarnos detrás de cortinas; había una perenne penumbra en nuestros territorios. Exiliados de nuestros sueños buscábamos cualquier oportunidad para salir de casa y regresar a Puebla. Pronto la situación empeoró: uno de los muros estaba lleno de humedad. Nuestra casa, literalmente, era un barco que naufragaba: si dejabas un plato mojado en la cocina era muy probable que siguiera así al menos dos días más. ¿Quejarnos? Cualquier plan de mejora era a largo plazo y nuestro casero tenía otras prioridades.
San Andrés Cholula, técnicamente, se rige con las mismas leyes que regulan la vida de todos los mexicanos, sin embargo, la realidad es muy distinta. Nuestro milimétrico hogar estaba a una calle del zócalo. La primera semana supimos lo que implica vivir en un pueblo con demasiadas iglesias, la mayoría funcionando: procesiones ininterrumpidas, vacas husmeando en las banquetas, calles cerradas para celebrar tremendos bailongos, cohetes un lunes en la madrugada que cimbraban las paredes de nuestra humedecida habitación. Si vivíamos atenidos a la ley de la selva, nuestros vecinos no ayudaban, había uno que, invariablemente, dejaba su auto estacionado frente al portón bloqueando la entrada. Había que hacer el ritual de bajar de tu auto, abrir la puerta y avisarle que necesitábamos entrar. En nuestros austeros dominios se seguía acumulando el limo y el moho; pronto empezarían a germinar plantas y animales desconocidos para la ciencia.    
Los recuerdos de aquella época tienen algo de cómico y de trágico: la búsqueda infructuosa de una lata de frijoles un viernes en la noche en las calles desiertas de San Andrés, el asesinato en una noche borrascosa de un insecto que pensamos extraterrestre pero que en realidad era un famoso “cara de niño”. Pronto llegó año nuevo y optamos por viajar a Atlixco, ahí, acompañados por una botella de Jack Daniels, antes de las doce campanadas, supimos que San Andrés Cholula no formaba parte de nuestro destino.

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