Escape de San Andrés Cholula
Llegamos a San Andrés Cholula
cuando empezamos a vivir juntos. Rentamos una casa pequeña que compartía un
jardín con otras casas similares en tamaño. San Andrés Cholula, así como las
otras dos Cholulas (San Pedro, Santa Isabel) tienen el síndrome propio de los
pueblos que fueron absorbidos por la ciudad de Puebla. Las calles son
insuficientes para el tráfico citadino y el transporte público que conecta al
municipio es escaso: uno puede estar un largo rato en la parada esperando un
camión que, en el mejor de los casos, irá al 110 por ciento de su capacidad,
claro, sin tomar en cuenta el periplo casi infinito por las casi infinitas
colonias que se esparcen como hongos por la zona. Pero nosotros, jóvenes e
inexpertos, veíamos a San Andrés Cholula como nuestra nueva utopía. ¿Cómo no
dejarse llevar por la fabulación? Sólo teníamos ojos para la arcadia
pueblerina: paz, aire fresco, largas excursiones para recolectar flores. San
Andrés, como un pavorreal en celo, desplegaba ante nosotros sus encantos. A
esto se sumaba tener a tiro de piedra a la Universidad de las Américas. Quizás
podríamos andar en bicicleta en sus desbordantes jardines, beber cerveza en los
bares que atestan Camino Real a Cholula, ser bohemio sin necesidad de ir a
París o, más cerca, a la Condesa. Sin embargo el sueño pronto se comenzó a
derrumbar. Después de comprar algunos muebles la casa pequeña se convirtió en
diminuta. Pronto nos dimos cuenta que el jardín compartido era un peligro a
nuestra privacidad, cualquier persona que paseara por allí podría mirar sin
ninguna dificultad nuestro baño y la cocina. Optamos, como monjes benedictinos,
por encerrarnos detrás de cortinas; había una perenne penumbra en nuestros
territorios. Exiliados de nuestros sueños buscábamos cualquier oportunidad para
salir de casa y regresar a Puebla. Pronto la situación empeoró: uno de los
muros estaba lleno de humedad. Nuestra casa, literalmente, era un barco que
naufragaba: si dejabas un plato mojado en la cocina era muy probable que
siguiera así al menos dos días más. ¿Quejarnos? Cualquier plan de mejora era a
largo plazo y nuestro casero tenía otras prioridades.
San Andrés Cholula, técnicamente,
se rige con las mismas leyes que regulan la vida de todos los mexicanos, sin
embargo, la realidad es muy distinta. Nuestro milimétrico hogar estaba a una
calle del zócalo. La primera semana supimos lo que implica vivir en un pueblo
con demasiadas iglesias, la mayoría funcionando: procesiones ininterrumpidas, vacas
husmeando en las banquetas, calles cerradas para celebrar tremendos bailongos,
cohetes un lunes en la madrugada que cimbraban las paredes de nuestra
humedecida habitación. Si vivíamos atenidos a la ley de la selva, nuestros
vecinos no ayudaban, había uno que, invariablemente, dejaba su auto estacionado
frente al portón bloqueando la entrada. Había que hacer el ritual de bajar de
tu auto, abrir la puerta y avisarle que necesitábamos entrar. En nuestros
austeros dominios se seguía acumulando el limo y el moho; pronto empezarían a
germinar plantas y animales desconocidos para la ciencia.
Los recuerdos de aquella época
tienen algo de cómico y de trágico: la búsqueda infructuosa de una lata de frijoles
un viernes en la noche en las calles desiertas de San Andrés, el asesinato en
una noche borrascosa de un insecto que pensamos extraterrestre pero que en
realidad era un famoso “cara de niño”. Pronto llegó año nuevo y optamos por
viajar a Atlixco, ahí, acompañados por una botella de Jack Daniels, antes de
las doce campanadas, supimos que San Andrés Cholula no formaba parte de nuestro
destino.
